
Con la nueva ley que prohíbe el ingreso de menores a lugares dónde se expenden bebidas alcohólicas se abren interrogantes: ¿Podrán “divertirse” sin beber? ¿Tienen un espacio propio? ¿Quién controla?
Cuando llega el fin de semana y se apaga la luz del día, una ciudad duerme y otra, se enciende. Un universo exclusivamente domado por los jóvenes. Una noche que, algunas veces, delira, se descontrola. Las calles del micro centro se vuelven postales para el recuerdo. Chicos y chicas, deambulan de un lado al otro, algunos sin rumbo, y obnubilados por los efectos del alcohol. Están los que conocen de limites, y los que no. Un vistazo por el mundo adolescente en el cual las sensaciones y la adrenalina están a flor de piel.
El jueves 8 de octubre fue aprobada por el cuerpo del Concejo Deliberante la norma que intenta aplicar mayores controles sobre la noche, regular el consumo de alcohol y eliminar la discriminación en los boliches. Esta normativa tuvo un extenso debate y, a raíz de su consentimiento, surgieron dudas sobre su aplicación concreta en las calles.
La concejal Graciela Saracho, del Bloque Río Cuarto para Todos, fue la propulsora de este nuevo código que establece, entre otras cuestiones, que en la franja etaria de entre 16 a 18 años se impedirá el ingreso a lugares donde se expende alcohol.
Con respecto al tema dijo: “Tenemos grandes expectativas con respecto a esta ley, pensamos que no va a fracasar. Fue una ordenanza que se trabajó de forma muy participativa. La voz de 3 mil jóvenes se hicieron oír, además de padres, entidades privadas, ONGs, empresarios de la noche. Es una ley que redunda en beneficios, sobre todo en un sector social que es altamente vulnerable y que corre riegos que son los menores”.
La edil manifestó que con los años ha habido un aumento considerable en el consumo de alcohol en los menores, a pesar de los programas preventivos. Dijo que hay muchos sectores que están empeñados en captar a este público. “No se les puede pedir a los menores que razonen cuáles son las consecuencias del consumo excesivo. Están en un periodo de transgresión constante de las leyes, vengan del estado o del mismo seno familiar. “(…) La publicidad, los mensajes que vanaglorian el exitismo, el individualismo están por encima de los valores fundamentales como la familia, el trabajo y la educación”.
En esta temática son muchos los factores que se conjugan como el miedo de los padres a establecer límites concretos, el bombardeo de los mensajes de los medios de comunicación, los grupos de referencia. Y las consecuencias son conocidas; embarazos adolescentes, violencia, accidentes, delitos. “Estadísticas arrojadas por el Conicet determinan que no sólo aumentó de manera importante el consumo, sino que hay una relación directa entre éste y el delito. (…) Si podemos hacer una noche de menores sin alcohol va a redundar en una fiesta diferente, sin violencia y sin éste factor de riesgo”.
Rubén Lucero es un hombre que conoce la noche riocuartense como la palma de su mano. Ha sido “esa ley” que esperaba cada sábado a cientos de adolescentes que se iniciaban en el escenario nocturno. Era la “figurita repetida”, que grandes y chicos miraban una y otra vez, de arriba a bajo. Ha sido testigo de excesos, alegrías y tristezas. Ha visto a muchos dar sus primeros pasos en la seducción y el enamoramiento. Pero también ha visto lo malo, las copas repletas, los ánimos intrépidos y los efusivos “fondos blancos”. Conoce este mundo, tiene una opinión con respecto al tema y la compartió: “Lo que intenta la ordenanza es buscar una solución en base al ensayo y al error. (…) Hacemos una ley para ciudadanos suizos y vivimos en Argentina. La ley existe, el código de faltas de la provincia prohíbe el consumo de alcohol a los menores. Hace muchos años que está ley está en vigencia, durante años no hubo la decisión de ejecutarla.
Matiné...¿estás?
Lucero planteó el interrogante de qué hacer con los jóvenes de entre 16 y 18 años. A su entender, no existe una contención para ellos, un lugar que los contenga y cobije. “Los más chicos no tienen un espacio propio. Se perdió la función del matiné que reunía a más de mil chicos por sábado”. Y explicó las posibles causas: “La avidez económica y la torpeza de algunos empresarios es fácil de observar. Para mí el matiné es un espacio importantísimo en el desarrollo del joven, allí aprende a relacionarse, ve al otro como una persona y no solo en el facebook y además aprende a conocer cómo son los modos de convivencias. Para mí es la función en donde más se deben aceitar los mecanismos de control…”.
Y siguió: “Los matinés de hoy no llegan a 300 personas, es una muestra de que los controles se relajaron y no creo que los chicos hayan dejado de salir. Quizás se les hizo más fácil ingresar al trasnoche…”.
Lucero comentó que esta normativa va a poner a prueba a los boliches que trabajan con menores. “¿Los chicos seguirán concurriendo si no se les vende alcohol o van a buscar otras alternativas para consumir? Y si buscan otras opciones, ¿éstas, van a ser licitas? Si no hay un control férreo, firme, esta ley está condenada al fracaso”.
Y agregó que obviamente hay una cuestión económica en juego. Si no hay respuesta de los chicos, se va a complicar la permanencia de los boliches.
A modo de ejemplo, Lucero citó el caso de las noches previas a las elecciones. “En estos días en los cuales no puede vender alcohol, los boliches decidimos no abrir porque no iba nadie…la gente no sale; ni grandes ni chicos (…). Ojalá que la ley funcione por el bien de nuestros chicos. Las normas están, esperamos que se puedan cumplir”.
Fiestas privadas… ¿de alcohol?
La concejal del bloque Río Cuarto para Todos se refirió a las fiestas fuera del ejido municipal y destacó la necesidad de que los adultos que las lleven a cabo puedan entender que el cumplimiento de la norma significa querer y cuidar a los chicos.
“Estas fiestas privadas van a ser controladas con la Comunidad Regional, el organismo que tiene el control de estas zonas fuera del ejido municipal. Nos reunimos con otros intendentes que presentan la misma problemática que nosotros. Una de las opciones es que las personas que organizan estas fiestas, y que están autorizadas a realizarlas, tengan que cumplir la normativa de la localidad más cercana. Tenemos que legislar en función de políticas regionales”, mencionó.
Lucero, que en algunas oportunidades organiza eventos para jóvenes, cuestionó el accionar municipal. “Hace poco hicimos una fiesta en L” Antonia. Fuimos al Edecom a pedirles que nos ayudaran a controlar. Sin embargo nos dijeron que no podían hacerlo, porque la ley no se los permitía. En estos casos debe primar el sentido común, aquí no se trata de ejido municipal o no, se trata de jóvenes que viven en la ciudad, eso es lo importante y a ellos debemos cuidar. Es necesario hacer las cosas bien más allá de los caprichosos vericuetos de la ley”, sentenció.
Manuel y Julián tienen 16 años. Concurren a un colegio secundario ubicado en el micro centro de la ciudad. Ellos esperan ansiosos que llegue el fin de semana para salir y “liberarse” de la presión de los parciales y del apretado ritmo estudiantil. Según ellos esta norma no los afecta. “Si queremos tomar lo hacemos igual. Siempre podés conseguir, no hay problema para eso. Es la verdad. Pero es mentira eso de que la juventud está perdida. Es exagerado decir eso”, dijo Julián.
Manuel comentó que la mayoría de los jóvenes toman para pasarla bien. “El alcohol te da seguridad, te animás a hacer cosas que fresco ni a palos hacés. Te divertís más si chupás. Pero no todos se emborrachan mal. No somos todos… ”.
Con respecto a las fiestas privadas coincidieron que se trata de un fenómeno que ya tiene unos cuantos años. “Casi todos los fines de semana hay fiestas en una quinta, sino te juntás en una casa…eso pasa hace mucho. La onda ya no es tanto salir, sino juntarse. Y si podés entrar la trasnoche mejor… ahí está la joda”.
Más control… ¿más rebeldía?
El licenciado en comunicación social y profesor de la cátedra de Sociología de la UNRC, Ramón Monteiro, comentó que el fenómeno del alcohol no es reciente, ya que hace muchos años que viene haciendo mella. “Este fenómeno es arrastrado en los últimos 20 años. La juventud comienza a percibir que el mundo en el cual está inserto no termina de darle respuestas a sus requerimientos y expectativas. Cuando recuperamos la democracia en el 83 se consideraba que las instituciones políticas gozaban de una alta credibilidad. Treinta años después, estas son junto con otras, las más desprestigiadas de la sociedad. Estamos atravesando una era en la cual la tecnología tiene una gran impronta en la vida de las personas; en la manera de relacionarnos”.
Monteiro dijo que todas las normas y reglamentos que afectan la vida de las personas se las vive como un límite. “Constituyen un freno, un hecho objetivo que se nos impone, ya sea de manera individual o colectiva. No sé si hay una correlación directa entre la prohibición y la inmediata transgresión a la norma. Me da la sensación de que las restricciones tienen otro sentido que hacen que los jóvenes se sientan en rebeldía en la búsqueda de trasgredirlas. Todas las generaciones buscan superar la generación anterior”.
Y añadió que ninguna sociedad debe descuidar su ciudadanía. Según sus palabras, el estado debe estar muy presente, pero no en términos de estricta sanción, sino más bien de prevención. “No se puede sostener una sociedad sobre la base de prohibiciones…porque en el fondo el ser humano se resiste. Aún en los momentos de mayor sometimiento, el anhelo de libertad siempre está. El estado debe tener la capacidad de regular, no de reprimir, algunas conductas que hacen a esta trama joven”.
Para el licenciado hay una crisis de valores tradicionales, fundamentalmente aquellos ligados a instituciones como la familia, la iglesia, la credibilidad hacia la institución política. Y establece que el tema del alcohol está ligado a una cuestión cultural. “Evidentemente los jóvenes no ven en la sociedad posibles referentes. ¿Cuáles son los referentes que tienen los jóvenes de hoy?, Tinelli, la televisión, algún deportista…hay una sobresaturación de esas proyecciones y no se alcanza a lograr mínimamente la satisfacción. Hoy el púber tiene muchos más referentes que la familia. Son todas ramificaciones de la vida social que exceden a la familia, que la superan. El joven se ve aturdido y vulnerable por todo lo que acontece a su alrededor y muchas veces la vía de escape es la copa de alcohol”.
En el mismo sentido, Lucero dijo que es indispensable que los papás estén presentes, que acompañen a sus hijos. “Esta es una sociedad que cría huérfanos, los largan solos. Es necesario crecer como sociedad. Los chicos miran y copian lo que ven… y muchas veces no tienen los mejores ejemplos ni referentes”.
Monteiro consideró que es necesario pensar este fenómeno como parte de los reacomodamientos morales, ideológicos, culturales que sufre la sociedad en la actualidad. Es preciso plantearse cuál es el rol que debe tener una institución como la Municipalidad, la escuela, los medios de comunicación, la iglesia. “Se puede decir que los jóvenes están a la deriva, pero se puede ser menos drásticos al decir que la que está a la deriva es la sociedad”.
Tanto Monteiro como Lucero coincidieron en que la base a través de la cual se pueden comenzar a tejer soluciones radica en la educación. “La educación no es reprimir. No es poner límites por el límite mismo. Cuando uno analiza el límite solamente pierde de vista lo importante; cómo hacer que nuestro joven perciba un mundo distinto”, apuntó el lic.
El ex empresario nocturno asoció el mal del alcohol con un problema cultural. “Hay que trabajar en los 6to grado, cuando el chico comienza a ser figurita de la noche y aparece en escena. No cuando ya se encontró con la oferta de alcohol. Hay que bajar un mensaje a los jóvenes para que ellos entiendan que la diversión no tiene que estar ligada a una copa. Enseñarles que se puede pasar un buen rato sin consumir”.
Manuel y Julián, al ser interrogados sobre sí es necesario tomar alcohol para divertirse, se miraron, reflexionaron en voz baja y dijeron: “Mira, para nosotros y el curso es importante tomar algo cuando salimos… Tampoco digo que no vamos a salir si no tomamos… pero se puede. La podés pasar bien igual, aunque puede costar al principio… pero si conocemos casos que si no toman, directamente prefieren no salir”.
Saracho explicó que la toma de conciencia y los resultados de la aplicación de la ley van a llevar tiempo. “Es un proceso que llevará tiempo. La próxima generación, de acá a dos años, va a mostrar un cambio. A los 8 meses nos vamos a sentar a evaluar aciertos y debilidades…veremos que ocurrió”.
Esas más de 3 mil almas ávidas de diversión que todos los fines de semana desfilan por las calles están a prueba. El éxito o el fracaso de esta normativa dependerán de que la sociedad en su conjunto no les suelte la mano en estos, sus primeros intentos de “caminar solos”.
Por: Pia Florio
Colaboración: Virginia Gielis
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